Érase u gigante de ojos azules.
Se enamoró de una mujercita,
pequeñita, pequeñita.
El sueño de la mujer era una casita,
pequeñita, pequeñita,
en cuyo jardín crece la madreselva de raso.
El gigante amaba como un gigante.
Y las manos del gigante
estaban hechas para cosas tan grandes,
tan grandes
que nunca habría podido construir los muros,
ni llamar la puerta
de una casita
tan pequeñita
en cuyo jardín crece la madreselva de raso.
Érase un gigante de ojos azules.
Se enamoró de una mujercita
pequeñita.
Tuvo sed de bienestar
la mujercita, pero se cansó
en los inmensos caminos del gigante.
- Adiós, adiós dijo - a sus ojos azules,
y del brazo de un enano rico
penetró en la casita
pequeñita
en cuyo jardín crece la madreselva de raso.
Ahora ya sabe el gigante de ojos azules
que no puede servir ni siquiera de tumba
para los amores de un gigante
[en] la casita
pequeñita
en cuyo jardín crece la madreselva de raso.
Versión del texto extraída de "Antología", Solimá Salom (ed.), Colección Visor de Poesía, [1970] 2017, pp. 95-96.
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