hoy tiene retoños y colibríes rondando
si acaso engendrará un nido y fuere flor
sería posible, otra vez, inédita primavera
I
No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.
II
Arránqueme, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.
III
Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.
IV
Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.
En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.
La luna tiene dos noches de edad.
Yo, una.
machucó las piedrecillas gualdas, repitió con el carbón,
las cochinillas explotaron y el cuenco se puso colorado,
el agua se distribuyó por partes y los palillos ya afinados
se acomodaron hasta la evocación del primer trazo
la noche anterior, la chamana que todo siente y adivina,
entre inciensos y elixires cactáceos, atestiguó la cacería,
"será abundante, del venado la carne y las cornamentas,
ingredientes para ahuyentar el hambre y las envidias"
recuperada del trance de cueros, tiró unas líneas de coral
hombres atléticos surgieron de la superficie de granito
también bestias con matorrales ríspidos en sus cabezas,
todos en un ceremonial al compás de flechas y de arcos
huye el sol, el coyote aulla el final del recreo pictórico,
el zurrón cromático se repone de su forma escuálida
engulle polvos multicolores y pinceles rudimentarios,
restos de tamales, correas, escenas por ser imaginadas
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| El Beso - Gustav Klimt (1909) |
La cobardía es asunto de
los hombres no de los amantes
Los amores cobardes no llegan a
amores ni a historias, se quedan allí
Ni el recuerdo los puede salvar
Ni el mejor orador conjugar
Silvio Rodriguez, “Óleo de una mujer con sombrero”
Querer llegar al fin, encarnar el amor,
tenerlo en la mirilla, casi, casi asirlo.
Luego, beber la tisana del buen juicio,
apagar la voz y que lo inunde a uno el silencio,
quedarse en el medio. Tibio. Leve.
No por táctica, ausencia de voluntad,
falta de querer, deseo, escozor, estratagema,
sino por la circunstancia y su caudal,
que no se elige y que lleva.
Que arrastra, aun inquietos los ardores
y las cosquillas en el vientre.
No porque no se sepa qué hacer
con las alas de cera,
con el verbo afinado
en la escala disonante del romance
de Horacio y La Maga,
de Orfeo y Eurídice.
No porque no se hayan recorrido
los caminos de la poesía
y la melancolía escarlata
de la cinefilia vampírica,
la ternura contenida en el pecho metálico
del caballero y su pica arrogante,
o la fiereza de los besos sembrados
en los labios de una doncella inconforme.
No por temor al destierro,
al abandono y la languidez
de la vitalidad
en una atalaya de marfil,
del tamaño de diez siglos
en el cementerio de algún recuerdo,
o en un gris membrete.
No por la gloria vacía
de estar solo,
de ser un sabio anacoreta
y de actuar triste.
No sin el acuerdo de cuerpos abrasados,
de reptiles en celo.
No sin ataduras
y abrazos cómplices que liberan.
No sin nuevas preguntas,
cansancio y tedio.
No sin victorias y derrotas,
dando más pasos hacia atrás
que hacia adelante.
No sin lucha constante.
No sin perder, en el horizonte
del atardecer,
el vuelo de las monarcas
que tiran de guías
desde el centro de mi pecho
dentro de tu pecho.
No sin linternas y noches.
No sin urgencias.
No sin roces fugaces,
pinceladas precisas,
palabras bien encajadas,
en conjugación,
cadencia y rima.
No sin hilar fino la piel al amanecer.
No sin prisas y suspiros suaves.
No sin historia,
sin plan para desaparecer.
No sin ojos y gestos secretos,
sin sonrojos intrépidos,
sin lobos y viajes en velero.
No sin un nuevo hogar de papel,
de corales de Micronesia,
de tapiales de hielo allá
en la montaña,
con las manos entrelazadas,
tibias y leves. Si,
mirando El Calafate.
| El nombre del cuadro ni idea, pero es del pintor de imperfecciones Lucien Freud. |
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