y aprestas las muelas,
las manos, el horno.
tres cruces, marcas, sendas truncas
que fueron incompletas.
tu espalda baja, helada,
—donde empieza el rubor, las cosquillas—,
invitación a tu pelo a seguir su caudal
por tu espina,
hasta mis manos que imaginan
la concavidad de tus senos,
las curvas proyectadas por tus piernas.
huyes con la humedad preciada,
dejas mis labios tontos
y guardas las ganas de más.
en el momento tocas la escala de la esperanza:
que exista la magia
para crecer más rápido,
para no morir de nuevo.
tu nombre saltó del trampolín de mi lengua
dos giros mortales y un torniquete
antes de hacer diana en los oídos de tu amiga
—¿cómo dices?
todavía me duele la lengua mordida
en silencio, al salto sincrónico de mi mano y mis ojos
viniste conmigo esta noche
en papel y a lápiz
te guardaré en otro libro
una escultura elocuente.
que besa y vomita huracanes
bailarín consumado de los salones matinales
estudia los signos de la naturaleza
y del lenguaje en los mitos
observa la luna sin inmutarse
predica las verdades del sol
a su tropa marchante al desfiladero
tira de la cuerda para salvar, salvarse
eterna en su devenir,
se repite sin cesar
cada ley, cada muerte,
la tristeza, la palabra
hasta el polvo
en la sala de espera abierta al sol
con la media luna en el cenit
urdías la hipótesis sobre el principio
y las opciones para el final destructivo.
las bombas lacrimógenas te van tan bien.
el silencio lo ejecutas con maestría absoluta.
la desaparición: tu experticia mayor.
del principio no sé nada.
con las opciones me quedé yo.
sobre el padecer la paridura de otra era
Roque Dalton prometía el comunismo
como una aspirina del tamaño del sol.
es otra época.
hoy la cura
—para ser una buena persona—
exige una química más dura:
despegar la carne del sillón,
desclavar los ojos
de la trampa de luz que hipnotiza,
morder el libro,
forzar la página hasta que el saber
te transforme la sangre y te suspenda del suelo.
si las neuronas rechazan el escape,
si las células se aferran al pozo,
habrá que violar la sinapsis.
estimulación directa con alcaloides esenciales:
cafeína, nicotina, el veneno de la lucidez.
si no,
que te devore la ignorancia.
la lucidez sola no basta:
hay que estar dispuesto a perderlo todo por ella.
porque también lo dejó escrito Roque:
solo los dispuestos a morir y matar
llegarán hasta el final
siendo buenas personas
para la revolución.
será por ellos
que habrá revolución.
subimos las escaleras del edificio inacabado
al último piso, entre el bosque de columnas
miramos los árboles y el río abajo
—¿esto podría ser nuestro si queremos?, lo es ya—
los muros se erigieron en el instante
la luz filtrada cambió el color de la materia:
el cemento y nuestros cuerpos
—nuestras voces anidarán en cada canto y esquina,
el temperamento de las nubes no podrá perturbar
nuestros banquetes ni las tertulias de sobremesa—
los relámpagos y las ráfagas de enero
solo multiplicarán la fricción de nuestros abrazos
su reverberación nocturna
—y habrá películas épicas y rosas—
bajamos del sueño construido
en el coche silencioso, siguiendo la corriente del río,
vuelvo hacia el sur
en una espera sin fin,
congelado el cuerpo en el borde del silencio
y de la cama solitaria,
monté una escenografía estoica impecable,
digna de esas que se leen en los libros caros de autoayuda.
pero bastó una sola idea
para que colapsara el sistema:
olvidaste la promesa.
hoy, odio con plena entereza.
tengo la piel erizada,
la ponzoña a punto de supurar.
no se me va la vida en ello,
pero reconforta a mi memoria
no perder de vista la calamidad.
no la azarosa, no el accidente,
sino el golpe limpio
que brota de la mano humana:
el vicio de quebrar el pacto y la verdad.
(ya un clásico de nuestra especie, por lo demás).
perdono la ceguera del hambriento,
al que muerde por sobrevivir,
pero no a la cría de la soberbia,
a la ambición que se alimenta de sí misma
y que hoy cotiza al alza en el mercado.
en días como hoy, tengo fuego en la mirada.
no hay espejo que sostenga este rostro
(y mire que lo he intentado frente al botiquín).
las palabras desfilan y se destilan
hasta la punta de mi lengua,
donde yacen contenidas;
si las libero,
dejarán solo tierra arrasada
y no tengo presupuesto para la reconstrucción.
escribo ahora
para domar el instinto de matar.
ya llegará el lugar.
me lo digo ahora para aguantar mañana,
o al menos hasta el próximo fin de semana.
pulso con ansiedad la tensión del mástil,
apresto a trazar una ruta en los abismos.
revuelvo en la madeja de la derrota, los olvidos;
de yacer piedra de madera, revitalizo el cuerpo.
revolotean las palabras en busca de su canto:
la conjura.
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