sobre el padecer la paridura de otra era Roque Dalton prometía el comunismo como una aspirina del tamaño del sol.
es otra época. hoy la cura
—para ser una buena persona—
exige una química más dura: despegar la carne del sillón, desclavar los ojos de la trampa de luz que hipnotiza, morder el libro, forzar la página hasta que el saber te transforme la sangre y te suspenda del suelo.
si las neuronas rechazan el escape, si las células se aferran al pozo, habrá que violar la sinapsis. estimulación directa con alcaloides esenciales: cafeína, nicotina, el veneno de la lucidez.
si no, que te devore la ignorancia.
la lucidez sola no basta: hay que estar dispuesto a perderlo todo por ella.
porque también lo dejó escrito Roque: solo los dispuestos a morir y matar llegarán hasta el final siendo buenas personas para la revolución. será por ellos que habrá revolución.
Llévame contigo a la cumbre más alta Para tentarme con mil ciudades De oro y carne que pondré a tus pies. Aparta de mí tus labios, Son puñales sus palabras traidoras, Acércame todos sus besos Que me matan dulcemente en el silencio. Condéname por los siglos de los siglos A vivir clavado a tú carne apasionada, Así podrán nuestras almas Redimirse de la condena eterna. Flagélame si merezco penitencia, Somos la herida; Mis llagas serán los surcos Que encauzarán tus iras. Aleluya, aleluya... Ponme, si es nobleza lo que obliga. La corona de espinas, La sangre que mane de mis sueños Purificará tus pensamientos. Enjúgame el sudor y las lágrimas Con tú mirada, Que quede eternamente en tus pupilas Grabado el rostro de quien más te amó. Aleluya, aleluya...
Si no supone una cruz sobre tus hombros, Ayúdame a soportar este ingrávido peso Que me aferra al centro de tú gravedad. Expóliame, si el deseo te lo exige, Desnúdame ante tí Te ofreceré mi cuerpo en sacrificio De amor y muerte. Aleluya, aleluya...
Crucifícame, si no te tiembla el pulso, Crucifícame; pero hazlo con los clavos De tus ojos, con los golpes de tú corazón. Recógeme en tú regazo cuando caiga, Te lo suplico; Junto a tú vientre consumado mi bien amada Te encomendaré mi espíritu. Aleluya, aleluya...
en una espera sin fin, congelado el cuerpo en el borde del silencio y de la cama solitaria, monté una escenografía estoica impecable, digna de esas que se leen en los libros caros de autoayuda.
pero bastó una sola idea para que colapsara el sistema:
tengo la piel erizada, la ponzoña a punto de supurar. no se me va la vida en ello, pero reconforta a mi memoria no perder de vista la calamidad.
no la azarosa, no el accidente, sino el golpe limpio que brota de la mano humana: el vicio de quebrar el pacto y la verdad. (ya un clásico de nuestra especie, por lo demás).
perdono la ceguera del hambriento, al que muerde por sobrevivir, pero no a la cría de la soberbia, a la ambición que se alimenta de sí misma y que hoy cotiza al alza en el mercado.
en días como hoy, tengo fuego en la mirada. no hay espejo que sostenga este rostro (y mire que lo he intentado frente al botiquín). las palabras desfilan y se destilan hasta la punta de mi lengua, donde yacen contenidas; si las libero, dejarán solo tierra arrasada y no tengo presupuesto para la reconstrucción.
escribo ahora para domar el instinto de matar. ya llegará el lugar. me lo digo ahora para aguantar mañana, o al menos hasta el próximo fin de semana.
Penny en Seeking a friend for the End of the World
hay una guerra librándose a un par de cuadras es una noche como todas, explosiones y luces motores zumban, no sabemos si vienen o van en la pausa, solo la voz de nuestra respiración
si es de día o de noche: la vibración del cielo cerradas las cortinas difícil saber del destello si es la huella de una ojiva o el sol subiendo se ha perdido el hilo de la lectura y del sueño
también del olfato, todo es la tierra quemada sin un periscopio para mirar lejos qué queda cómo saber de los tíos que viven más al norte ¿acaso sobreviven los árboles de la montaña?
no sé en qué rincón te acurrucas
si se apaga tu latido en este desorden sé bien que el aire se volverá de hielo
sin tus manos buscándome, aprieto los dientes me froto los ojos con rabia, no bajo la guardia y me como el corazón del que declare victoria
"Mi cuerpo se sentía a gusto sobre el calor de la arena. Tenía los ojos cerrados, los brazos abiertos, desdobladas las piernas a la brisa del mar. Y el mar allí enfrente, lejano, dejando apenas restos de espuma en mis pies al subir de su marea..."
-Ahora sí es ella la que habla, Juan Preciado. No se te olvide decirme lo que dice. ". . . Era temprano. El mar corría y bajaba en olas. Se desprendía de su espuma y se iba, limpio, con su agua verde, en ondas calladas. " -En el mar sólo me sé bañar desnuda -le dije. Y él me siguió el primer día, desnudo también, fosforescente al salir del mar. No había gaviotas; sólo esos pájaros que les dicen 'picos feos', que gruñen como si roncaran y después de que sale el sol desaparecen. El me siguió el primer día y se sintió solo, a pesar de estar yo allí." Es como si fuera un 'pico feo', uno más entre todos me dijo. Me gustas más en las noches, cuando estamos los dos en la misma almohada, bajo las sábanas, en la oscuridad. " Y se fue." "Volví yo. Volvería siempre. El mar moja mis tobillos y se va; moja mis rodillas, mis muslos; rodea mi cintura con su brazo suave, da vuelta sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta mis hombros. Entonces me hundo con él, entera. Me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo." "Me gusta bañarme en el mar" -le dije. "Pero él no comprende" "Y al otro día estaba otra vez en el mar, purificándome. Entregándome en sus olas"
[…]
-¿Qué es lo que dice Juan Preciado?
-Dice que ella escondía sus pies entre las piernas de él. Sus pies helados como piedras frías y que allí se calentaban como en un horno donde se dora el pan. Dice que él mordía los pies diciéndole que eran como pan dorado en el horno. Que dormía acurrucada, metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir que se quebraba su carne, que se abría como un surco abierto por un clavo ardoroso, luego tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda; sumiéndose, sumiéndose más, hasta el gemido.Pero que le había dolido más su muerte. Eso dice.
-¿A quién se refiere?
-A alguien que murió antes que ella, seguramente.
-¿Pero quién pudo ser?
-No sé. Dice que en la noche en la cual él tardó en venir sintió que había regresado ya muy noche, quizá de madrugada. Lo notó apenas, porque sus pies, que habían estado solos y fríos, parecieron envolverse en algo; que alguien los envolvía en algo y les da calor. Cuando despertó los encontró liados en un periódico que ella había estado leyendo mientras lo esperaba y que había dejado caer al suelo cuando ya no pudo soportar el sueño. Y que allí estaban sus pies envueltos en periódico cuando vinieron a decirle que él había muerto.
-Se ha de haber roto el cajón donde la enterraron, porque oye como un crujir de tablas.