pulso con ansiedad la tensión del mástil,
apresto a trazar una ruta en los abismos.
revuelvo en la madeja de la derrota, los olvidos;
de yacer piedra de madera, revitalizo el cuerpo.
revolotean las palabras en busca de su canto:
la conjura.
pulso con ansiedad la tensión del mástil,
apresto a trazar una ruta en los abismos.
revuelvo en la madeja de la derrota, los olvidos;
de yacer piedra de madera, revitalizo el cuerpo.
revolotean las palabras en busca de su canto:
la conjura.
-¿Qué es lo que dice Juan Preciado?
-Dice que ella escondía sus pies entre las piernas de él. Sus pies helados como piedras frías y que allí se calentaban como en un horno donde se dora el pan. Dice que él mordía los pies diciéndole que eran como pan dorado en el horno. Que dormía acurrucada, metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir que se quebraba su carne, que se abría como un surco abierto por un clavo ardoroso, luego tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda; sumiéndose, sumiéndose más, hasta el gemido.Pero que le había dolido más su muerte. Eso dice.
-¿A quién se refiere?
-A alguien que murió antes que ella, seguramente.
-¿Pero quién pudo ser?
-No sé. Dice que en la noche en la cual él tardó en venir sintió que había regresado ya muy noche, quizá de madrugada. Lo notó apenas, porque sus pies, que habían estado solos y fríos, parecieron envolverse en algo; que alguien los envolvía en algo y les da calor. Cuando despertó los encontró liados en un periódico que ella había estado leyendo mientras lo esperaba y que había dejado caer al suelo cuando ya no pudo soportar el sueño. Y que allí estaban sus pies envueltos en periódico cuando vinieron a decirle que él había muerto.
-Se ha de haber roto el cajón donde la enterraron, porque oye como un crujir de tablas.
-Sí, yo también lo oigo.
Yo no te pido
Que me bajes
Una estrella azul
Sólo te pido
Que mi espacio
Llenes con tu luz.
Yo no te pido
Que me firmes
Diez papeles grises para amar,
Sólo te pido
Que tu quieras
Las palomas que suelo mirar.
Y el pasado
No lo voy a negar,
El futuro
Algún día llegará,
Y el presente,
Qué me importa la gente
Si es que siempre
Van a hablar.
Sigue llenando
Este minuto
De razones para respirar,
No me complazcas,
No te niegues,
No hables por hablar.
Yo no te pido
Que me bajes
Una estrella azul
Sólo te pido
Que mi espacio
Llenes con tu luz.
Sigue llenando
Este minuto
De razones para respirar,
No me complazcas,
No te niegues,
No hables por hablar.
Yo no te pido
Que me bajes
Una estrella azul
Sólo te pido
Que mi espacio
Llenes con tu luz.
ese día agarré la bicicleta y empujé con fuerza hasta llegar a tu casa. al llegar al barrio puse los pies en liza y me pregunté cómo saber qué puerta tocar, que ventana mirar. se me ocurrió preguntar a la vendedora de la tienda de la esquina, inventé la profesión de tu padre y como respuesta a mi consulta recibí un "no sabría decirle" que encubría el acuerdo vecinal a favor del silencio. pedaleé por varias horas, hasta que se templó el impulso inicial en las piernas, en las arterias del corazón, la cabeza. volví a mi refugio menos derrotado que la próxima vez en que me dijiste que no, pero de eso, más que la palabra, perdí por completo la memoria. me quedo con la bicicleta y esa sensación del aire veloz en el rostro, el deseo y la libertad de elegir como perder.
ese rizo ámbar: imagina desprenderse del cuerpo de tu pelambre,
ser lirio independizado que se lanza a conquistar su propio cielo,
planea el escape veloz siguiendo la catapulta de flujos agostinos,
romper la hiedra de tus años y fertilizar los campos de sueños.
lo siento si acaso mis torbellinos y nubes restringieron tu vuelo.
me enseñaron que los límites eran territorios de la intensidad,
de mi voluntad y del deseo, de mi capacidad para ser tormenta.
aprendí a aprender así, queriendo, deseando sin pasión medida.
la estrategia me permitió el goce de frutos amargos y dulces,
pero no a habitar en los continentes nuevos de tus silencios.
la gramática de esta encrucijada se escribe con dos pausas:
la tuya, alas y vuelo ligero que aprenden a no nombrarlo todo;
la mía, brújula rota que aprende a escuchar lo que no pide nombre.
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