solo el eco de tus pasos
señalando que el camino,
qué andaras haciendo ahora
en qué morada habitas
qué oráculo podría vulnerar tu secreto.
alejada del miedo y los cadáveres,
deseo.
dice Amapola:
me muevo oscilante
por las veredas angostas
de la noche
desde que sé de tu respiración
pienso y siento
diferente
hay un cambio en la disposición
de los engranajes del día:
estoy despierto y leo con el sol
sin parar y duermo
cuando el hambre o la oscuridad
me convocan
no paro de buscar la elegía
que guardé en un libro
no la encuentro todavía
entiendo que el azar
juega con el reloj
y que el tiempo
que este artilugio inventa
no tiene amo ni guía
no podría ser desconsideración
por ello:
de nadie
que nos conociéramos
dos vulgares transeúntes
en ese incierto cruce
de calles
tú quién sabe buscando qué yo, pasando, otra vez
arrastrando el tedio como si llevara siglos pasando
del calendario espectro de mí mismo
convencional eco de una carne
de la vida que fue
los dos en la misma encrucijada
tan distantes de cualquier discusión
a porfía sobre el sentido de la vía
como dos sombras
que se cruzan
sin saber
que ya se han cruzado
en otro siglo
en otra noche
bajo la misma
luna
pálida
y sin embargo,
aquí estamos
en el cruce
de caminos
y de tiempos
dos transeúntes que la suerte
ha puesto frente a frente
sin saber que el destino
—si es que existe—
ya escribió su verso
con la misma tinta
con que escribe
el olvido
cuelgan las nubes.ensaya la luz entre sus plieguesla mejor entrada.hilos invisibles sujetan tus manosque no sé dónde llevan.y en la penumbra los posibles destinospienso de tu piel.
no podría el hombre perder la costumbre; tampoco la naturaleza su hechizo. tal vez faltaren los medios, el saber hacer; quizás árido el sentir, profundo el pesar; o serán plenos los placeres y las desgracias de la rutina. mas no podrá ser eterna esa distancia a la poesía: la que se encuentra, inesperada, en los lunares del cuello de la amada, la carcajada que vuela desde el otro lado de la plaza, el pliegue de una arruga que el tiempo dibuja en el reflejo; contemplar a quien contempla absorto las nubes tornasoles del atardecer. así, dispuesta siempre en las minucias de la vida, los vaivenes de las sintientes criaturas —con sus ojos plenos de luz y maravilla—, y en los lagos en el cielo, el fluir de las montañas. entre ellas no podría escasear su caudal: la poesía.
quisiera identificar mi dolor en algún lugar del cuerpo,
para saber si hay medicina que lo cure
—untar el ungüento, ingerir la pastilla, recibir el pinchazo—
pero sospecho que no pasa por estos dominios de la materia.
imaginé recibir un golpe en la quijada, caer mareado,
desmayarme, luego despertar y retomar el camino,
liberado del primer impacto, aunque con el segundo
y el tercero deba lidiar después con paciencia de enfermera.
en la cama, en la oscuridad, trato de lidiar con el malestar,
pero no puedo y sucumbo ante el reparador sueño.
amanece, no me siento mejor, pero ahí voy —la liza no espera.
el día nublado tampoco ayuda, volverá tu golpe con su dolor:
no hay tregua.
sentado en la silla mandala,
observo a través de la ventana,
las imágenes siguen
la voz hipnótica de Paul Buchanan:
cumpliendo su rutina van
líneas de luces centelleantes,
carros en todas direcciones,
perros que arrastran a sus dueños.
no hay nada errado esta noche —sino,
tal vez quizás—
la fiebre de recordarte con adjetivos
y el descubrir los límites de tal ansiedad
que no le hace justicia ni a ti ni a mi deseo.
surge de ello
un corto circuito en la voluntad,
un reclamo de la timidez
que culmina con el cierre de las persianas.
y mi imaginación de ti
te llama y me respondes diciéndome:
salgamos esta noche,
sé de un lugar
donde todo estará bien,
por ahora.
destrabo así
la continuidad de tus gestos,
la sonrisa del aquí estoy
no tengo prisa,
las medias de colores
que se resisten al polvo,
las cintas invisibles que dan vueltas
en tu muñeca izquierda,
las manchas en tu abrigo,
las botas de gamuza,
los libros viejos conmovidos
por tu perfume,
las horas nerviosas,
el corte en la garganta de los stilettos.
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