del frío, su ambición
por conquistar el suelo
y romper lo roto.
y el verde de la hoja decline en fruto amarillo
—sin pesar—,
en el aire transparente de acá a Plutón.
el largo debate interno ha concluido:
la fría razón firmó su capitulación.
reordeno el inventario del sentido,
los libros, el silencio, la forma de dormir,
mientras tu sombra me usurpa el día.
mi vieja retórica entregó sus armas.
el romance se filtra como un virus
en la aridez de los textos académicos,
quiebra el orden de la lógica;
sabotea los principios con el deseo.
la hechicería impone su intuición,
avanza invicta con su contoneo.
partículas de orégano y romero
impregnan los trajes de ciudadano,
el tiempo de oro es barro en sus manos.
la acera es un espejo ondulado
que se desdobla y se contrae siempre
según el turno de la superstición.
ya no cree el caminante en la distancia:
cada paso es el pulso en otro cuerpo.
tres cruces, marcas, sendas truncas
que fueron incompletas.
tu espalda baja, helada,
—donde empieza el rubor, las cosquillas—,
invitación a tu pelo a seguir su caudal
por tu espina,
hasta mis manos que imaginan
la concavidad de tus senos,
las curvas proyectadas por tus piernas.
huyes con la humedad preciada,
dejas mis labios tontos
y guardas las ganas de más.
en el momento tocas la escala de la esperanza:
que exista la magia
para crecer más rápido,
para no morir de nuevo.
tu nombre saltó del trampolín de mi lengua:
dos giros mortales y un torniquete
antes de hacer diana en los oídos del espía
—¿cómo dices?
todavía me duele la lengua mordida
en silencio, al salto sincrónico de mi mano y mis ojos
viniste conmigo esta noche
en papel y a lápiz
en otro libro equivocado te perderé
una escultura elocuente.
que besa y vomita huracanes
bailarín consumado de los salones matinales
estudia los signos de la naturaleza
y del lenguaje en los mitos
observa la luna sin inmutarse
predica las verdades del sol
a su tropa marchante al desfiladero
tira de la cuerda para salvar, salvarse
eterna en su devenir,
se repite sin cesar
cada ley, cada muerte,
la tristeza, la palabra
hasta el polvo.
en la sala de espera abierta al sol
con la media luna en el cenit
urdías la hipótesis sobre el principio
y las opciones para el final destructivo.
las bombas lacrimógenas te van tan bien.
el silencio lo ejecutas con maestría absoluta.
la desaparición: tu experticia mayor.
del principio no sé nada.
con las opciones me quedé yo.
sobre el padecer la paridura de otra era
Roque Dalton prometía el comunismo
como una aspirina del tamaño del sol.
es otra época.
hoy la cura
—para ser una buena persona—
exige una química más dura:
despegar la carne del sillón,
desclavar los ojos
de la trampa de luz que hipnotiza,
morder el libro,
forzar la página hasta que el saber
te transforme la sangre y te suspenda del suelo.
si las neuronas rechazan el escape,
si las células se aferran al pozo,
habrá que violar la sinapsis.
estimulación directa con alcaloides esenciales:
cafeína, nicotina, el veneno de la lucidez.
si no,
que te devore la ignorancia.
la lucidez sola no basta:
hay que estar dispuesto a perderlo todo por ella.
porque también lo dejó escrito Roque:
solo los dispuestos a morir y matar
llegarán hasta el final
siendo buenas personas
para la revolución.
será por ellos
que habrá revolución.
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