si, una elegía sobre tu cuerpo debajo del mío,
respirando las aguas fangosas de la corta noche.
la resaca de reptiles urgidos de cambiar piel
desbordan los muros de este cuarto alquilado.
si, una elegía sobre tu cuerpo debajo del mío,
respirando las aguas fangosas de la corta noche.
la resaca de reptiles urgidos de cambiar piel
desbordan los muros de este cuarto alquilado.
me pediste la banda sonora del desastre,
un cliché de acordes menores para justificar el reloj.
la ejecutamos a dúo, al unísono de nuestra necesidad.
tú te irás a vender tu trabajo al día siguiente,
yo en la cocina, con la luz fluorescente,
ensayando esta tristeza de consumo interno:
en la primera carta
escribí que conocía el final.
la tocamos juntos:
tu viniendo y yo sabiendo
que también te irías.
tu poltrona está vacía
la canción sigue sonando.
has de estar caminando,
al trabajo, a buscar tus niños.
porque así debe ser,
distraerse esta bien por un momento.
no pierdes el objetivo;
yo ordenando la cocina.
la música en mis pabellones:
de una nueva misiva...
solo sé del remitente.
en el campo, entre barro y raíces
ella no resuelve nada
solo hace lo que él no hace
pero juntos
arrastran el día
como dos bueyes que no pueden soltarse
en la ciudad, entre filas y oficinas
él no resuelve nada
solo hace lo que ella no hace
pero juntos
arrastran la noche
porque el descanso no es para los que arrastran
—desde que nacen—
eres zarza que ortiga y rosa
que no te quitas me inquietas
ahora afloja mi rebeldía
como el tallo que el viento dobla
pero no se rinde
aunque se arrastre conmigo todo el día
tengo hambre de tu médula
de tu espina verde
si no me la das, te la arranco
sonaba Prince en el invierno del 94.
caí en la trampa sin saber que eras tú.
¿locura? no: un error de cálculo en el tiempo.
hoy volví a ser el niño que amaba a ciegas,
sin reloj,
buscando tu cara limpia bajo este cielo de ceniza.
tú no miras hacia abajo,
pero yo sigo aquí, congelado,
en la puerta de tu celda.
en el Sherwood contemporáneo
no hay bosque que valga:
los terrenos cuestan dos ojos de la cara
y los nacidos ciegos son parias en la calle,
a quienes pasamos de largo por no decirles vecinos.
los árboles son postes de electricidad
y las flechas, facturas de luz.
Robin ya no roba: hereda.
y usted, que escribe,
poeta de la sombra,
siga temiendo caer al cielo.
mientras tanto, los demás caemos al suelo
con la cabeza llena de facturas impagas,
oliendo a la colonia Jean Naté
del banquero que sonríe mientras esto se lee
en su oficina con aire acondicionado.
no sabe que el poema es un espejo,
que la colonia también huele a miedo.
¿y usted, poeta de la sombra,
sigue temiendo caer al cielo
o ya aprendió que el cielo
es el techo de este banco?
Quisiera conocer una mujer
que fuera como una llama roja en una chimenea
brillando después de las agitadas ráfagas del día.
Para que pudiera acercarme a ella
en la dorada tranquilidad del atardecer
y deleitarme realmente a su lado
sin la obligación de esforzarme a amarla por cortesía,
ni la de conocerla mentalmente.
Sin tener que sufrir un escalofrío cuando le hablo.
rechazamos la contradicción biológica
de ser jóvenes y sumisos.
nuestro lugar en el mundo estaba ahí:
entre la trompada a los hijos de papi
y la poesía en la profundidad de la biblioteca.
buscábamos un cuerpo,
aunque lo erótico se reservaría para después
como un descubrimiento disparejo y tardío.
el dios de nuestros padres dejó de ser límite.
lo dejamos en la cuarentena de sus templos blancos.
hoy solo entramos allí como turistas
que fotografían un vestigio del feudalismo sacro.
los directores, los gerentes y la oficina
mellaron el currículo vitae de la rebeldía;
pero no han podido negociar la rendición
a cambio del invento llamado "un mejor futuro”.
de ese simulacro llamado “el final feliz”.
perdimos mujeres, compañeras, amantes, en el camino.
hoy sabemos cuáles nunca tendremos.
a duras penas aprendimos la lección:
no somos propiedad privada ni dueños de nada,
salvo de las elecciones propias.
el hambre cuadra por ahora
con el deseo de ser algo más que un mono razonable.
la muerte propia sigue fuera del umbral,
aunque el inventario de nuestros caídos sea abundante.
quedan baterías para joder bien hasta el final.
los desastres se reciben con los dientes apretados.
es un profanador vil,
a contracorriente del método habitual
de la conspiración.
arriesga todo en la jugada:
su refugio en el cerro,
una butaca doble en el cine.
hoy tiene el abismo,
el sótano.
donde conviven intactos:
el beso y la causa.
los diálogos sobre su sano juicio
son balas de salva.
la verdad del lumpen burgués
no es pan multiplicado.
queda, en la raíz de tal situación,
el ejercicio de la memoria,
el volumen en los parlantes de los muertos.
la lucha y el amor irrenunciables
serán el registro de mármol
en los claustros,
en esta ciudad paralela al infierno.
el largo debate interno ha concluido:
la fría razón firmó su capitulación.
reordeno el inventario del sentido,
los libros, el silencio, la forma de dormir,
mientras tu sombra me usurpa el día.
mi vieja retórica entregó sus armas.
el romance se filtra como un virus
en la aridez de los textos académicos,
quiebra el orden de la lógica;
sabotea los principios con el deseo.
la hechicería impone su intuición,
avanza invicta con su contoneo.
partículas de orégano y romero
impregnan los trajes de ciudadano,
el tiempo de oro es barro en sus manos.
la acera es un espejo ondulado
que se desdobla y se contrae siempre
según el turno de la superstición.
ya no cree el caminante en la distancia:
cada paso es el pulso en otro cuerpo.
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