un ladino con mucha ambición inventó la idea más pura. sobre ella inauguró su propio imperio cuando el dócil rebaño no existía; diseñó un siervo a su medida, que con un trazo lúcido y esclavo justificara el peso de su trono.
consumado el diseño, abajo, en el fango de la historia, donde crujió el colmillo del obrero, los hombres descubrieron la herramienta. escupieron la hostia del engaño, vomitaron su vino y sus decretos, usaron la razón contra el tirano y, armados del rigor de la escasez, fundaron su trinchera en el asfalto.
sobre el padecer la paridura de otra era Roque Dalton prometía el comunismo como una aspirina del tamaño del sol.
es otra época. hoy la cura
—para ser una buena persona—
exige una química más dura: despegar la carne del sillón, desclavar los ojos de la trampa de luz que hipnotiza, morder el libro, forzar la página hasta que el saber te transforme la sangre y te suspenda del suelo.
si las neuronas rechazan el escape, si las células se aferran al pozo, habrá que violar la sinapsis. estimulación directa con alcaloides esenciales: cafeína, nicotina, el veneno de la lucidez.
si no, que te devore la ignorancia.
la lucidez sola no basta: hay que estar dispuesto a perderlo todo por ella.
porque también lo dejó escrito Roque: solo los dispuestos a morir y matar llegarán hasta el final siendo buenas personas para la revolución. será por ellos que habrá revolución.
Llévame contigo a la cumbre más alta Para tentarme con mil ciudades De oro y carne que pondré a tus pies. Aparta de mí tus labios, Son puñales sus palabras traidoras, Acércame todos sus besos Que me matan dulcemente en el silencio. Condéname por los siglos de los siglos A vivir clavado a tú carne apasionada, Así podrán nuestras almas Redimirse de la condena eterna. Flagélame si merezco penitencia, Somos la herida; Mis llagas serán los surcos Que encauzarán tus iras. Aleluya, aleluya... Ponme, si es nobleza lo que obliga. La corona de espinas, La sangre que mane de mis sueños Purificará tus pensamientos. Enjúgame el sudor y las lágrimas Con tú mirada, Que quede eternamente en tus pupilas Grabado el rostro de quien más te amó. Aleluya, aleluya...
Si no supone una cruz sobre tus hombros, Ayúdame a soportar este ingrávido peso Que me aferra al centro de tú gravedad. Expóliame, si el deseo te lo exige, Desnúdame ante tí Te ofreceré mi cuerpo en sacrificio De amor y muerte. Aleluya, aleluya...
Crucifícame, si no te tiembla el pulso, Crucifícame; pero hazlo con los clavos De tus ojos, con los golpes de tú corazón. Recógeme en tú regazo cuando caiga, Te lo suplico; Junto a tú vientre consumado mi bien amada Te encomendaré mi espíritu. Aleluya, aleluya...
en una espera sin fin, congelado el cuerpo en el borde del silencio y de la cama solitaria, monté una escenografía estoica impecable, digna de esas que se leen en los libros caros de autoayuda.
pero bastó una sola idea para que colapsara el sistema:
tengo la piel erizada, la ponzoña a punto de supurar. no se me va la vida en ello, pero reconforta a mi memoria no perder de vista la calamidad.
no la azarosa, no el accidente, sino el golpe limpio que brota de la mano humana: el vicio de quebrar el pacto y la verdad. (ya un clásico de nuestra especie, por lo demás).
perdono la ceguera del hambriento, al que muerde por sobrevivir, pero no a la cría de la soberbia, a la ambición que se alimenta de sí misma y que hoy cotiza al alza en el mercado.
en días como hoy, tengo fuego en la mirada. no hay espejo que sostenga este rostro (y mire que lo he intentado frente al botiquín). las palabras desfilan y se destilan hasta la punta de mi lengua, donde yacen contenidas; si las libero, dejarán solo tierra arrasada y no tengo presupuesto para la reconstrucción.
escribo ahora para domar el instinto de matar. ya llegará el lugar. me lo digo ahora para aguantar mañana, o al menos hasta el próximo fin de semana.