—sí. fui por los chicos, lo siento.
es que no hay viaje posible sin su compañía,
sé que lo entiendes.
—define épica.
—desplegarse, desparramarse,
gastarse, consumirse en lo cotidiano.
—sí: conducir el auto feo
con los pasajeros disfrutando el viaje.
Hoy comparto chauholachau, un poemario que compila algunas exploraciones de este blog en los últimos dos años. Trata sobre la despedida como forma de estar vivo. No habla de un amor perdido, sino de algo más amplio: vivimos diciendo hola y chau a todo, y lo que más nos marca no es solo lo que tuvimos, sino también lo que no llegó a ser.
Son 42 poemas escritos en la ciudad, entre el trabajo, la militancia, la cocina y la memoria. Hay manuales, haikus, una escalera, un caligrama, una canción para fregar los platos y algunos maestros convocados por su nombre.
Lo comparto como edición abierta y gratuita, para que circule. Puedes leerlo en tu celular, en la computadora o en papel, y también puedes imprimirlo y coserlo con tus manos. Abajo explico cómo.
El libro está disponible en tres versiones gratuitas. Elige la que mejor te acomode.
Versión | Para qué sirve | Archivo | Descarga |
|---|---|---|---|
EPUB | Leer en el celular, la tablet, un lector de libros electrónicos o un Kindle. El texto se adapta a tu pantalla. | chauholachau.epub | [enlace] |
Leer en la computadora con la página tal como fue diseñada, o imprimirlo tal cual. | chauholachau.pdf | [enlace] | |
Para imprimir y coser | Armar tu propio ejemplar en papel, cosido a mano. Son tres archivos: interior, tapa y guía de armado. | chauholachau_impresion_interior.pdf, chauholachau_impresion_tapa.pdf, chauholachau_guia_de_armado.pdf | [enlace] |
Ficha del libro: chauholachau, Jhohan Oporto. Primera edición abierta, Cochabamba, septiembre de 2026. 42 poemas, 69 páginas, 12,7 × 20,3 cm. ISBN 978-9917-0-8120-3. D.L. 2-1-11955-2026.
El EPUB es la mejor opción para leer en el celular: el texto se acomoda a tu pantalla y puedes cambiar el tamaño de la letra. Trae su propia tipografía, EB Garamond, y las manchas de acuarela de cada parte.
Dónde lo lees | Cómo abrirlo |
|---|---|
Celular o tablet Android | Descárgalo y ábrelo con Google Play Libros (botón «Subir archivo»), o con una app gratuita como ReadEra o Lithium. |
iPhone o iPad | Descárgalo, toca el archivo y elige «Compartir» y luego «Libros». Queda en tu biblioteca de Apple Books. |
Kindle | Envíalo con el servicio «Send to Kindle» de Amazon, desde su página, su app o por correo a tu dirección de Kindle. Acepta archivos EPUB. |
Computadora | Ábrelo con un lector gratuito como Calibre o Thorium Reader. |
Dos consejos para leerlo como fue pensado:
El PDF muestra el libro exactamente como fue diseñado, página por página. Es la mejor opción para leer en la computadora o en una tablet grande.
Con esta versión puedes armar el libro en papel, cosido a mano, por muy poco dinero. Es un cuadernillo único de 17 pliegos doblados uno dentro de otro, con tapa de cartulina. Medida final: 12,7 × 20,3 cm. Coser cada ejemplar toma unos quince minutos.
Los tres archivos:
Si te gusta el trabajo manual, puedes hacer tu tapa en cartón reciclado y pintar a mano las tres manchas. Cada ejemplar será único.
chauholachau se publica con una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 (CC BY-NC-SA 4.0). En palabras simples:
Las citas de otros autores que aparecen en los epígrafes conservan sus propios derechos.
Si armas tu ejemplar cosido, me encantaría verlo: mándame una foto o déjala en los comentarios. Y si algún poema te acompaña, cuéntame cuál. Como dice el colofón, este libro se publica en edición abierta para que pase de mano en mano.
Jhohan Oporto
Qué era el hombre?
¿En qué parte de su conversación abierta
Entre los almacenes y los silbidos
En cual de sus movimientos metálicos
Vivía lo indestructible
Lo imperecedero
La vida?
Todos desfallecieron
Esperando su muerte
Su corta muerte diaria
Y su quebranto aciago de cada día
Era como una copa negra que bebían temblando
Entonces en la escala de la piedra he subido
Entre la atroz maraña de las selvas perdidas
Hasta ti, Macchu-Picchu
Alta ciudad de piedras escalares
Por fin morada del que lo terrestre
No escondió en las dormidas vestiduras
En ti, como dos lineas paralelas
La cuna del relámpago y el hombre
Se mecían en el viento de espinas
Madre de piedra, espuma de los cóndores
Alto arrecife de la aurora humana
Cuando la mano color de arcilla
Se convirtió en arcilla
Y cuando los pequeños párpados
Se cerraron
Llenos de ásperos muros
Poblados de castillos
Y cuando todo el hombre
Se enredó en su agujero
Quedó la exactitud enarbolada
El alto sitio de la aurora humana
La más alta vasija que contuvo el silencio
Una vida de piedra después de tantas vidas
Beto quiere bailar,
pero no tiene plata para el flete,
menos para el viaje.
en el fondo, la estridencia de los vientos
y los bombos estremece el campus universitario.
faltan dos semanas,
tiene todos los pasos y las coreografías aprendidas.
su sufrimiento va por otro lado:
se rasga las vestiduras por no tener el billete,
por no haber ahorrado.
¿quién podría salvarlo este año?
sabe de su capacidad de pago:
ha estado en la misma posición antes,
al menos cuatro años.
truenan las bengalas,
suben los humos coloreados,
los bombos marcan el ritmo del paso,
los cascabeles se hacen presentes,
siguen el movimiento de las piernas de los sambos
con sus botas relucientes.
con las trompetas,
el corazón se le va a salir de la boca.
ahí viene la Aleja. qué linda que está.
pagó su flete con dos meses de auxiliatura.
todos los machitos del bloque andan cortejándola,
y al calor de tanta mirada halagüeña
le inventan un cuerpo:
rostro, piernas, pechos,
tersos a la fantasía de un tacto
al que no saben cómo llegar.
embelesada, pensará por dentro:
qué muertos de hambre todos estos vagos.
ay, se lamenta, mientras, parado e incómodo,
ve pasar la procesión de cuerpos poseídos de ritmo.
qué alta se ve la Aleja.
¿cómo hago para bailar,
ya no este año,
sino por siempre a su lado?
en dirección contraria a la columna estruendosa,
maldiciendo vamos:
qué mierda la vida.
ni el baile ni el amor
se nos van dando,
otro día, nomás deseando.
Beto da un salto,
mueve los hombros,
y con los tenis blancos,
a la clase de economía
nos vamos cantando.
toma el camión cada mañana.
le duele la muela, la aspirina no ha sido suficiente,
todavía toca sufrir las tostadas del desayuno.
el café podría ayudar.
—hola, Marta.
—hola, maestra.
toca saludar dieciocho veces, oficialmente,
de memoria, todos los grados.
—hola, Pascual.
—hola, doctor. ¿cómo fue la cascarita de anoche?
—estuvo buena, ganamos la reta.
hoy me visitan unos profesores gringos;
los tratas bien y que se vayan directo a mi oficina.
—sí, doctor, no se preocupe.
—Pascual.
—mande.
—me avisas cuando lleguen los del delivery,
tengo que preparar el desayuno de trabajo
para los profesores visitantes.
—no se preocupe, señora, le aviso.
ya se enfrió el cafecito.
todavía duele el diente.
una segunda aspirina no ayuda.
tocará sacar la ficha para la dentista.
—Pascual,
necesito que vayas a la oficina del profesor Pérez
y recojas las dos cajas de libros
que tiene para nuestra actividad de la tarde.
—sí, señor, voy ahora mismo.
Felipe se queda monitoreando la puerta.
¿cómo le habrá ido a mi hija Lupe en su examen?
cruza los dedos y le pide a la Señora
que le conceda un buen examen.
ya es hora del almuerzo, los profesores se fueron.
toca revisar si algo falta en la secretaría,
si hay algún mandado pendiente.
los frijoles con nopalitos y chorizo,
las tortillas ya están frías.
la muela late.
el mensaje de la Lupe es positivo:
parece que el examen salió bien.
son las cinco, el edificio está vacío.
llega el relevo de turno.
toca buscar las conchas para la cena.
el camión está lleno,
la mitad va durmiendo,
cobija el aire espeso.
—buenas noches, papá.
—Lupita, cuéntame cómo te fue con el examen.
hay conchas,
coca cola o café con leche para beber.
la muela no deja de latir,
pero ya es tarde y hay que dormir.
si Lupe no consigue la ficha,
mañana, pasado, toca de nuevo resistir.
¿y si la consigue?
¿y si la huelga mejora nuestra quincena?
¿y si ganamos la liguilla?
—ya ganaremos, Pascual, ya ganaremos.
yo solo te saludaba.
nunca supe qué fue de esa muela.
Manuela hacía los rellenos de papa más ricos que comí.
murió sola en un asilo, con la cadera fuera de lugar,
acompañada de la locura y la soledad de muchas otras mujeres
olvidadas por los hijos, los amigos y los dueños de las casas.
siento remordimiento por no haber ido a verla
en días como hoy, cuando los niños tenían mucho por hacer
y yo no tanto.
un beso, un abrazo, sus manos tomando mi mano
y yo contando algo del día a día, sin mayor importancia.
se levantaba temprano,
y su figura oscura recorría el patio entre los árboles frutales.
iba o volvía del baño
peinando las trenzas grises, que fueron azabache.
—buen día, hijito.
—buen día, Manuelita. chau, ya estoy tarde.
en la ausencia de los dueños, cuidamos la casa por muchos años,
ella más que yo, claro,
porque no tenía la libertad de los adolescentes
ni de los estudiantes universitarios.
—buena noche, hijito.
—buena noche, Manuelita. descansa bien, que ya es muy tarde.
los domingos se iba a su congregación.
al mediodía volvía con el canto y el baile en el cuerpo,
y con una golosina que partía en dos:
—cómete este tostadito, que ya estoy llena
y vos necesitas crecer.
era su forma de decir te quiero:
dar lo poco que tenía.
no necesitaba un cumpleaños
para freír los bollos de papa
y preparar la ensalada fresca de repollo y tomate.
sé que los vendía en el mercado los días de feria;
de ahí su pericia y su sazón de cocinera de comedor popular.
sus manos arrugadas aplastaban las papas cocidas
y, cuando apuraba el relleno de carne en las bolitas,
el almidón teñía por un momento sus dedos morenos.
el aceite doraba los bollos,
la corteza crujiente de harina y huevo.
además de darme hambre, me ha entrado un poco de frío.
ella se fue hace muchos años.
su dormitorio está lleno de cachivaches;
un hijo lejano se llevó lo poco de valor que ahí se alojaba.
¿me habrá esperado?
¿o ya habrá olvidado quién era yo?
en noches frías como esta,
creo verla caminando con su chulo de lana
abrigando su cabeza, y diciendo:
—buena noche, hijito. mañana comemos rellenitos.
ven temprano, ¿ya?
en el centro de operaciones
de la sordidez faraónica y familiar,
una señora vende comida en platitos de plástico,
en bolsas verdes y rojas,
con cucharillas de torta
y ají colorado.
los discípulos se atoran
porque otra clase anodina está por comenzar
y no se puede faltar.
en el aula, los patriarcas de oficina
dan clases de leyes como sermones,
salivando en tres idiomas,
batiendo los brazos
en sus trajes de corte inglés
o rompevientos de onegé
manchados con jugos sensuales.
aplaudimos, sudorosos, los ciento cincuenta
en un aula para cincuenta.
en otro auditorio a media luz,
entre manoseos, bostezos y ojos rojos extraviados,
una homilía sobre la sostenibilidad
expone, sin querer, el día a día de nuestra casa,
donde, antes que el saber, conviven con nosotros
—los usuarios de las listas regulares—,
los cadáveres de buenos deseos,
los cuchillos envenenados
y las planillas supernumerarias
de amantes y sobrinos de amantes.
en la escalinata
del prostíbulo con forma de pirámide,
las momias de segundo orden,
con sus macanas de arena,
también de segunda,
reciben el cariño de las masas
y sus ofrendas del turno matinal.
en la cima de cristal,
donde residen desde siempre los dueños
de la empresa, con sus ojos agudos,
se apilan los cuerpos sacrificados,
y la humareda sella el cónclave de esbirros
que concilian la unidad de una hermandad
a la que no pertenecemos,
pero que siempre nos toma fotos sonriendo.
afuera, en el jardín,
cuerpos comidos se comen a besos,
sin que les importe volver otro año más.
y entre las copas de los árboles y los libros,
con nuestros ojos miopes,
y nuestras manos de inocentes
reafirmamos nuestros deseos
de una vida dolorosa, pero llena de sonrisas,
donde nos inclinamos para pisar mejor las sonrisas
o vomitamos el evangelio
y la moral de quienes dicen que nos ayudan.
enamorado,
gustavo, dice
que solo conoce el anverso de su circunstancia,
que entiende la vida en su dolor intenso,
que sonríe al saber de su deseo de más.
así se reconoce, en esa contradicción que late.
no lo entiende todo.
de tiempo,
de memoria,
de afectos,
de un átomo a otro,
no sabe si medir la distancia
es lo que le da sentido a existir.
cada día sigue siendo un sujeto violento,
resentido, rencoroso, envidioso, egoísta,
apasionado, pecador consumado,
pero cada vez con menos intensidad.
mira y siente el mundo de otra manera.
tan simple.
No escojas sólo una parte,
tómame como me doy,
entero y tal como soy,
no vayas a equivocarte.
Soy sinceramente tuyo
pero no quiero, mi amor,
ir por tu vida de visita,
vestido para la ocasión.
Preferiría con el tiempo
reconocerme sin rubor.
Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto.
Del derecho y del revés
uno sólo es lo que es
y anda siempre con lo puesto.
Nunca es triste la verdad,
lo que no tiene es remedio.
Y no es prudente ir camuflado
eternamente por ahí,
ni por estar junto a ti
ni para ir a ningún lado.
No me pidas que no piense
en voz alta por mi bien,
ni que me suba a un taburete,
si quieres probaré a crecer.
Es insufrible ver que lloras
y yo no tengo nada que hacer.
Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto.
Del derecho y del revés
uno sólo es lo que es
y anda siempre con lo puesto.
Nunca es triste la verdad,
lo que no tiene es remedio.
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