Reto a la ceñidura del nosotros, pequeño burgueses.
Inflexión de la liturgia oficial de la oficina el jueves.
Ofrenda aromática para el festín de un caníbal ciego.
ese día agarré la bicicleta y empujé con fuerza hasta llegar a tu casa. al llegar al barrio puse los pies en liza y me pregunté cómo saber qué puerta tocar, que ventana mirar. se me ocurrió preguntar a la vendedora de la tienda de la esquina, inventé la profesión de tu padre y como respuesta a mi consulta recibí un "no sabría decirle" que encubría el acuerdo vecinal a favor del silencio. pedaleé por varias horas, hasta que se templó el impulso inicial en las piernas, en las arterias del corazón, la cabeza. volví a mi refugio menos derrotado que la próxima vez en que me dijiste que no, pero de eso, más que la palabra, perdí por completo la memoria. me quedo con la bicicleta y esa sensación del aire veloz en el rostro, el deseo y la libertad de elegir como perder.
ese rizo ámbar: imagina desprenderse del cuerpo de tu pelambre,
ser lirio independizado que se lanza a conquistar su propio cielo,
planea el escape veloz siguiendo la catapulta de flujos agostinos,
romper la hiedra de tus años y fertilizar los campos de sueños.
lo siento si acaso mis torbellinos y nubes restringieron tu vuelo.
me enseñaron que los límites eran territorios de la intensidad,
de mi voluntad y del deseo, de mi capacidad para ser tormenta.
aprendí a aprender así, queriendo, deseando sin pasión medida.
la estrategia me permitió el goce de frutos amargos y dulces,
pero no a habitar en los continentes nuevos de tus silencios.
la gramática de esta encrucijada se escribe con dos pausas:
la tuya, alas y vuelo ligero que aprenden a no nombrarlo todo;
la mía, brújula rota que aprende a escuchar lo que no pide nombre.
este campo bañado de oro se extiende por mil leguas
a las montañas que las nubes pintan de azules
naranjas y morados
no se cuando podré llegar
mi traje de campaña pesa una tonelada
siento que en cada zancada me traga un poco más
esta tierra poco amistosa
mi cuadrilla hambrienta y con sed
ha ido abonando el camino con su vida
los que quedamos llevamos por estandarte la derrota militar
pero nuestro motivo de resistir al quebranto,
volver a ver nuestras ñustas y wawas
por ello, también muero de la empresa del amor en el campo de guerra.
esperaba poder pintar sin límites,
que el color fuera gratuito, el lienzo
un campo abierto y sin cercas.
subir las montañas y descubrir entre arboledas
y manantiales los elementales de la belleza,
que ella se moviese libre y sin dueño.
viajar y conocer países sin caducidad de estancia,
que el tiempo y el paseo fueran
una gracia de todos, no un privilegio.
pero no sabía
que aquel pincel lo empuñaban otros
y la montaña tenía una taquilla.
pero ignoraba
que los países se compran y se venden
y las estancias, pasaporte en mano, son pagas.
pero no sospechaba
que los mapas de estrellas son secretos,
que los guardan los que nunca han mirado el polvo.
¿para qué pintar?
si mientras va uno en ello
el tiempo consume la vida.
sé que el tiempo me consumirá
como consumió la de tantos antes.
pero hoy no importan los días:
sino lo que dejamos en las manos de otros
antes de que el polvo nos cierre los ojos.
si no es posible pintar sin límites,
que del primero al último trazo
sean los surcos donde se siembren colores.
dice Amapola:
me muevo oscilante
por las veredas angostas
de la noche
desde que sé de tu respiración
pienso y siento
diferente
hay un cambio en la disposición
de los engranajes del día:
estoy despierto y leo con el sol
sin parar y duermo
cuando el hambre o la oscuridad
me convocan
no paro de buscar la elegía
que guardé en un libro
no la encuentro todavía
entiendo que el azar
juega con el reloj
y que el tiempo
que este artilugio inventa
no tiene amo ni guía
no podría ser desconsideración
por ello:
de nadie
que nos conociéramos
dos vulgares transeúntes
en ese incierto cruce
de calles
tú quién sabe buscando qué yo, pasando, otra vez
arrastrando el tedio como si llevara siglos pasando
del calendario espectro de mí mismo
convencional eco de una carne
de la vida que fue
los dos en la misma encrucijada
tan distantes de cualquier discusión
a porfía sobre el sentido de la vía
como dos sombras
que se cruzan
sin saber
que ya se han cruzado
en otro siglo
en otra noche
bajo la misma
luna
pálida
y sin embargo,
aquí estamos
en el cruce
de caminos
y de tiempos
dos transeúntes que la suerte
ha puesto frente a frente
sin saber que el destino
—si es que existe—
ya escribió su verso
con la misma tinta
con que escribe
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