Beto quiere bailar,
pero no tiene plata para el flete,
menos para el viaje.
en el fondo, la estridencia de los vientos
y los bombos estremece el campus universitario.
faltan dos semanas,
tiene todos los pasos y las coreografías aprendidas.
su sufrimiento va por otro lado:
se rasga las vestiduras por no tener el billete,
por no haber ahorrado.
¿quién podría salvarlo este año?
sabe de su capacidad de pago:
ha estado en la misma posición antes,
al menos cuatro años.
truenan las bengalas,
suben los humos coloreados,
los bombos marcan el ritmo del paso,
los cascabeles se hacen presentes,
siguen el movimiento de las piernas de los sambos
con sus botas relucientes.
con las trompetas,
el corazón se le va a salir de la boca.
ahí viene la Aleja. qué linda que está.
pagó su flete con dos meses de auxiliatura.
todos los machitos del bloque andan cortejándola,
y al calor de tanta mirada halagüeña
le inventan un cuerpo:
rostro, piernas, pechos,
tersos a la fantasía de un tacto
al que no saben cómo llegar.
embelesada, pensará por dentro:
qué muertos de hambre todos estos vagos.
ay, se lamenta, mientras, parado e incómodo,
ve pasar la procesión de cuerpos poseídos de ritmo.
qué alta se ve la Aleja.
¿cómo hago para bailar,
ya no este año,
sino por siempre a su lado?
en dirección contraria a la columna estruendosa,
maldiciendo vamos:
qué mierda la vida.
ni el baile ni el amor
se nos van dando,
otro día, nomás deseando.
Beto da un salto,
mueve los hombros,
y con los tenis blancos,
a la clase de economía
nos vamos cantando.










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