caminan convencidos.
no tienen opción.
no hay razón de distracción
que no sean puños,
azadas y explosivos.
los críos que esperan en casa
aprenden con su ejemplo: el método.
saben que un día será el turno
de lo extraordinario: lidiar con la hydra ilustrada.
para ese momento no solo habrán desarrollado
saberes y habilidades formales para la vida
y su corrección cotidiana:
el camuflaje, la mimética de lo vulgar,
sino la rebeldía fundamentada.
pero no bastará con ello.
para romper el círculo
de cabezas de serpientes cortadas
y decenas nacientes,
—dicen los hermanos mayores—
tocará estudiar con ahínco.
resolver la ignorancia
de lo que hay en el sustrato,
en la entraña de la bestia.
no se trata de ser el malestar latente,
sino la cura que construye espirales
de sonrisas fértiles,
curtidas en el lomo invertido de la injusticia.
cuando combinemos
sabiduría con desencanto
ya no cortaremos más cabezas.
secado el manantial que las nutría,
produciremos sobre sus restos
flores en lugar de furia.
será entonces
—dicen los amautas—
que volverán con los hombres
los cóndores, sikuris, pumas,
rococos, cuys, cisnes,
delfines, lechuzas, tucanes,
tortugas, mullus y llamas,
a beber de la yakumama
y a comer de pachamama,
al cobijo de papá wiracocha
y papá inti.
dialogaremos con las tajllas
y aprenderemos
los secretos de los apus.
construiremos nuevas casas
para los jóvenes.
descifraremos nuevos resplandores
en el cielo nocturno.
y a la alborada
haremos poesía
en el retozo tierno y juguetón
de nuestras runas y warmis.
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