A Bioy
en medio del mar, una isla, con un solo habitante.
no hay luces que se apaguen, la cúpula tornasol ardiendo.
sin señales, con el viento somnoliento, el silencio
que no abriga, y una idea que cala, persistente.
se repite y se maquina en la cabeza del narrante,
un plan definitivo que resuelva el mareo nocturno,
los ágapes de raíces, los somniloquios húmedos,
el estar delirante, un martillo certero en el frustrado talante.
no será un intercambio versado sobre el estado del éter,
tampoco, sobre el aprecio o desprecio a los gladiolos,
del amor filial de Dédalo por el inconforme Ícaro
y sobre su amor revolucionario por Náucrate.
no. la ilustración expuesta ha sido un desastre.
no hay grieta en su gesto, no hay error en su ciclo,
su imagen es perfecta en su fuga, inasible en su ritmo.
como el día que vuelve sin haber transcurrido, no responde.
habiendo comprendido o decidido a comprender
que no es falta de amor, ni torpeza de los signos,
sino un mundo clausurado en sus propios latidos,
observando una escena cerrada, a él, que sobra, persiste.
elige: ser un personaje fijado en la repetición, perderse,
o entregar su materia al engranaje, el invisible guion,
ser en la trampa radiante de una eterna visión,
por fin percibido -aunque se trate de lo imposible-.
que alguien, si existe, este artificio descifre:
si amé o fui imagen, si fui hombre o reflejo,
si al perderme gané algún paraje en su tiempo
donde el olvido al menos tenga oficio y nombre. dice.
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