subimos las escaleras del edificio inacabado
al último piso, entre el bosque de columnas
miramos los árboles y el río abajo
—¿esto podría ser nuestro si queremos?, lo es ya—
los muros se erigieron en el instante
la luz filtrada cambió el color de la materia:
el cemento y nuestros cuerpos
—nuestras voces anidarán en cada canto y esquina,
el temperamento de las nubes no podrá perturbar
nuestros banquetes ni las tertulias de sobremesa—
los relámpagos y las ráfagas de enero
solo multiplicarán la fricción de nuestros abrazos
su reverberación nocturna
—y habrá películas épicas y rosas—
bajamos del sueño construido
en el coche silencioso, siguiendo la corriente del río,
vuelvo hacia el sur

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