el bus abre sus puertas.
trepamos todos diligentes.
me toca la ventana frente al sol,
tuesto la piel,
percibo también el aroma del pavimento quemado,
van y vienen bólidos blancos
sobre su lomo de serpiente chamuscada.
coincide mi mirada con el tripulante de otra nave
- a dónde va me dice con la mirada
respondo que no sé.
a las seis de la tarde, en fila de mil pies
vamos todos por un menjunje con café y avena
tantos caminos que se cruzan.
ubico la butaca en la fila i
al frente una casona
con dos amantes fantasmas,
listos ellos, yo y la media luna,
media hora para las siete.
una flauta afinada suena en el patio.
empieza a helar,
escucho a Johannson en el centro de mi cerebro.
una mujer empieza a hablar,
debo desconectarme de canal aural,
el concerto va a comenzar.
de nuevo todos coincidiendo
en el frío, en la mirada al frente,
lado a lado. suena la obertura.
ya sé a qué vine, creo que a conmoverme.
a recordar que estoy vivo.
o algo parecido.
después de sonreír con Turandot,
vuelvo a la fila,
son las nueve y la cafeína
me obliga a registrar todo el trayecto de vuelta
la serpiente está agotada,
los bólidos ahora son negros y encandilan todo.
a mi lado dos amantes duermen uno sobre otro.
parece que fueron abandonados ahí
para que los vea en sus formas juveniles,
perfectas.
y sin embargo respiran.
y vuelve la sonrisa.
pienso que se ven tiernos.
¿quién los despertará al final del camino?
a las diez estoy solo de nuevo.
busco una señal en el laberinto de Dédalo.
acá no hay coincidencia,
los cuerpos buscan el placer una noche más.
mis alas están cansadas, como yo.
vuelvo al calor de mi nido. no me espera nadie.
la luna ha girado y el jardín de hielo
cruje bajo mis pasos.

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