esperaba poder pintar sin límites,
que el color fuera gratuito, el lienzo
un campo abierto y sin cercas.
subir las montañas y descubrir entre arboledas
y manantiales los elementales de la belleza,
que ella se moviese libre y sin dueño.
viajar y conocer países sin caducidad de estancia,
que el tiempo y el paseo fueran
un derecho de todos, no un privilegio.
para mirar las estrellas, que el cielo no estuviera
parcelado por manos que lucran con la luz.
pero no sabía
que aquel pincel lo empuñaban otros
y la montaña tenía una taquilla.
pero ignoraba
que los países se compran y se venden
y las estancias, pasaporte en mano, son de quien puede pagarlas.
pero no sospechaba
que los mapas de estrellas son secretos,
que los guardan los que nunca han mirado el polvo.
cual espejo que al caer devuelve mil rostros.
sino cierto poder que decide quién pinta
y a quién o qué puede pintarse.
o se comparte o es una jaula dorada.
y que una estancia sin justicia es una prisión con jardín.
¿para qué pintar?
si mientras va uno en ello
el tiempo consume la vida.
sé que el tiempo me consumirá
como consumió la de tantos antes.
hoy no importan los días:
sino lo que dejamos en las manos de otros
antes de que el polvo nos cierre los ojos.
si no es posible pintar sin límites,
que del primero al último trazo
sean los surcos donde se siembren colores.

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