sentado en la silla mandala,
observo a través de la ventana,
las imágenes siguen
la voz hipnótica de Paul Buchanan:
cumpliendo su rutina van
líneas de luces centelleantes,
carros en todas direcciones,
perros que arrastran a sus dueños.
no hay nada errado esta noche —sino,
tal vez quizás—
la fiebre de recordarte con adjetivos
y el descubrir los límites de tal ansiedad
que no le hace justicia ni a ti ni a mi deseo.
surge de ello
un corto circuito en la voluntad,
un reclamo de la timidez
que culmina con el cierre de las persianas.
y mi imaginación de ti
te llama y me respondes diciéndome:
salgamos esta noche,
sé de un lugar
donde todo estará bien,
por ahora.
la continuidad de tus gestos,
la sonrisa del aquí estoy,
las medias de colores
que se resisten al polvo,
las cintas invisibles que dan vueltas
en tu muñeca izquierda,
las manchas de tu abrigo,
las botas de gamuza,
los libros viejos conmovidos
de tu perfume,
las horas nerviosas,
el corte en la garganta de los stilettos.
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