Apareció (no la vimos llegar)
encaramada a la barra
en la penumbra apacible del bar.
Sólo estábamos
dos obreros que hacían una pausa
en la jornada del verano,
el paciente barman escocés
y yo que demoraba
una copa de vino blanco.
encaramada a la barra
en la penumbra apacible del bar.
Sólo estábamos
dos obreros que hacían una pausa
en la jornada del verano,
el paciente barman escocés
y yo que demoraba
una copa de vino blanco.
Absortos los cuatro,
contemplamos sus ojos dorados,
su finísima pelambre
mientras ella, estática,
como recién llegada del Más Allá
clavaba su mirada
fina como un alfiler
en las mariposas pintadas
en el borde de los platos
que adornaban la pared.
Ansioso por disipar el hechizo
el barman elevó la música
y vimos cómo la cascada de sonidos
que manaba del saxo
y la voz de la cantante
se hundían en los dos laberintos
de las orejas rosáceas.
Al término de la canción
nos quedamos atónitos
con la cola de su desaparición.
Vuelto a la calle, un coche ebrio
la atropelló en mi pensamiento
sin dejar rastro de su imagen
ni de su eléctrico silencio.
Más tarde, sobre los techos
unánimes del sueño
percibí un maullido inconsolable
de gatos en celo,
y en el espejo grande del ropero
la enigmática sonrisa
—sobre los senos descubiertos—
de una mujer innombrable.
%2011.44.55%E2%80%AFa.%C2%A0m..png)
0 comentarios:
Publicar un comentario