Pero cuando terminó aquella lenta y cautelosa inspección de su territorio -un recorrido de casi cinco millas-, se sintió fatigado. Subió a lo alto del promontorio y observó los contornos. Imperaba el silencio, roto solamente por el leve murmullo de la mina de carbón de Stacks Gate, en la que se trabajaba sin cesar. Y pocas luces había, como no fueran aquellas que formaban brillantes filas de instalaciones de superficie de la mina. El mundo yacía dormido en la oscuridad, embrutecido. Eran las dos y media. Pero, incluso dormido, aquel mundo era cruel e inquietante, y se agitaba con el ruido de un tren o de un gran camión a su paso por la carretera, o con el destello rosáceo, como un relampagueo, salido de los hornos industriales. Era un mundo de hierro y carbón, con la crueldad del hierro y con el humo del carbón, y con la inacabable, inacabable codicia que lo impulsaba todo. Sólo codicia, codicia agitándose en el sueño.
Hacía frío y el hombre tosía. Un frío vientecillo barría el promontorio. Pensó en la mujer. En estos momentos, el hombre hubiera dado cuanto tenía o cuanto llegara a tener con tal de poder abrazar el calor de la mujer, envueltos los dos en una manta, y así dormir. Hubiera dado todas las esperanzas de eternidad, todos los beneficios del pasado, con tal de estar con ella, junto a ella, envueltos en una manta, y dormir, solo dormir. Parecía que dormir con la mujer en sus brazos fuera su única necesidad.
domingo, 30 de agosto de 2026
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