el factor decisivo en la historia es, en última instancia,
la producción y la reproducción de la vida inmediata,
dice Federico.
en las sociedades primitivas,
adultos y ancianos no solo cuidaban:
también gobernaban y producían.
fabricaban las herramientas para horadar mejor la piedra,
para hacer caminos y puentes.
domaban a los animales y a las semillas,
para extraer sus jugos y hacer alimentos y tintes,
enseñaban a pintar y a tallar el hueso y la madera,
a mirar y a abrazar con ternura.
en los pueblos celtas, romanos,
germanos o mongoles,
los mayores sostenían a la comunidad.
aquí, en los Andes, lo llamamos ayni:
hoy te ayudo con los tepes en tu casa,
mañana me ayudas a limpiar la chacra.
cuidar hoy enseñaba a cuidar mañana,
y la edad era la puerta segura del porvenir.
hasta que un día,
un hombre fuerte pensó
que ciertos niños, cierta mujer y cierta tierra
eran suyos y de nadie más.
la idea se hizo costumbre.
la mujer fue privatizada
por el contrato de la monogamia,
para procrear y criar hijos
y otras posesiones del señor.
la primera opresión de clase
coincide con la del sexo femenino por el masculino,
escribió Federico en 1884.
en varios barrios de la ciudad,
la tesis todavía se comprueba los domingos:
el señor mira el partido,
la señora lava,
y los chicos aprenden temprano
quién es el dueño de la televisión,
quién, de la lavadora.
el estado es, por regla general,
el estado de la clase más poderosa,
dice Federico.
para sostener su nueva cruzada
—la plutocracia testosterónica—
inventaron el instrumento definitivo
contra el desencanto de los que menos tienen
y de sus parejas e hijos inconformes:
estado, fue bautizado.
y los viejos más ricos no se cansaron
de exprimir las mieles de sus ubres,
mientras en los arrabales sus pares
cenan fideo instantáneo con doblecola.
y para que nada cambie
inventaron dioses que prometen un lago en el cielo.
después vinieron el programa escolar, el de la radio,
el del partido político y el del club deportivo:
si no compites, serás del montón;
si no eres apto, serás un resentido,
decimos los viejos mentores
desde nuestras torres de marfil universitario,
con Federico subrayado en la biblioteca
con lápiz rojo.
por la ambición más cursi
se olvidaron de los niños y los jóvenes.
no quieren dejar el poder ni morirse:
urden un plan de jubilación
para seguir tomando whisky,
mientras los otros jubilados marchan por su renta,
y los que vengan a heredar
tendrán que inventar la escalera que ellos quemaron.
han dado tantos malos ejemplos
que los nuevos adultos entienden
que no se puede ser más vil.
toca inventar algo,
piensan incluso varios de sus polluelos.
será un renacimiento, en una forma superior,
de la libertad, la igualdad y la fraternidad de las antiguas gens,
promete Federico, citando a otro viejo barbón.
Federico, viejo,
no sé si tenías razón en todo.
pero esta noche mi madre me guardó el plato caliente,
y eso, en tu libro, se llama comunismo primitivo.
mañana toca trabajar.


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