
Alfonsina, sin Horacio,
se entregó a la mar,
para su alma inflamada salvar.
Es una ballena blanca.
Una nereida muda.
Barca fantasma sin ancla, hogar.

Alfonsina, sin Horacio,
se entregó a la mar,
para su alma inflamada salvar.
Es una ballena blanca.
Una nereida muda.
Barca fantasma sin ancla, hogar.
He estado en el mismo lugar, pero en otro tiempo.
Yo
chacal,
ínfimo.
Seguí los pulsos de tu fiebre.
Las yemas calientes de mis dedos
temieron tocar las fibras
de tu filosa melena.
Quemarse,
en tu carne delgada,
cultivar llagas.
Sin la recompensa
de ti,
tú,
presa.
Gacela de la estepa.
También he sentido que alguna vez
pisaste mis talones de liebre.
Tal vez,
un oso cara pelada en Klondike,
pensé.
Negándome y negándote
de una colisión astral.
Pero sabía yo
que eras y
que seguías,
la aritmia
de mi corazón infidente.
Feroz
loba,
Tú.
Imagen generada con Dall-e

1
Tus ojos son una
fiesta de luces,
origen de la mirada
que te esquiva,
que vuela y
te circunvala,
pero no puede
te escapar y
aterriza te
en la vorágine de
reflejos de
tus labios.
Al acecho,
con tus dedos
tentáculos,
medusa sirena
que eres,
tu mano,
fría e impetuosa,
Aleph,
me arremolinas entero
desde la rodilla.
Y es completo
el embrujo.
2
Cautivo,
soy de ti,
gitana,
quiromante del tiempo.
No de mis años,
si, de los adjetivos que
no puedo invocar
para decir de
tu ternura
que es primaveral.
Cautivo,
del sueñoconjuro que
no debo soñarinvocar.
De cantar un son, y
bailarlo sobre la arena.
De besar tus pies,
tus manos,
tus muslos
de canela.
Cautivo,
de esta noche de cobalto
que apenas empieza.
Promesa de
torbellinos nuevos,
de un programa
subvencionado de poesía
romántica por mi yo adolescente.
En tiempos de anhelo,
enésima definición,
y resignación.
Cautivo,
no solo del encierro
de otros,
sino de mi,
que me contengo.
Menguo me y
autofecundo,
en la melancolía
de paisajes otoñales.
Cautivo,
de verdad de ti y de mi.
De concupiscencia.
Y porque no podría
robarte ni un minuto de vida.
Flor.
Hálito.
Color.
Turgencia.
Entonces,
soy cautivo de tu
inevitable despedida
porque
debes partir,
y yo volver,
a la ruina de los días.
3
¿Por qué te adelantaste,
tonto?
Y tú: ¿Por qué te retrasaste,
tanto?
Algo que dijimos y que es
poéticamente hermoso y
triste al mismo tiempo.
4
¿Qué azar es éste?
En que siendo yo,
también eres tú,
En la fragilidad del mundo,
La cura y
La vida.
(Imagen tomada de Pinterest)
Libros
(Eusebio Ruvalcaba)
Te prometo una cosa: llenar
tu casa de libros.
Que no se pueda caminar,
que la gente que invites diga qué
diablos está pasando,
¿Qué, ya no existen para ti
más que los malditos libros?
Se te van a enredar en el pelo, en
las piernas.
Cuando te bañes, vas a ver que están ahí,
entre el agua de la regadera
y el shampoo.
Entonces te vas a reír,
te vas a reír como nunca.
Y los libros van a salir del baño
y se aprestarán a colmar el pasillo
y la cocina. Y la cama.
Eso, tu cama.
No te dejarán hacer el amor.
Porque primero tendrás que leerlos.
Y eso llevará tiempo.
Sobre todo porque ahí estarán
Dante y Petrarca.
Shakespeare y Tennessee Williams.
Y todos los que han escrito por amor.
Y de amor — ¿Habrá quién separe una cosa
de la otra?
Y Leopardi, claro. Y Cernuda.
Y José María Álvarez
— Cien veces José María Álvarez.
Y Jaime Gil de Biedma.
Y, perdón por insistir, ya lo dije,
todos aquellos cuya lectura te inflama
la sangre.
Porque querrán estar cerca de ti.
Porque el amor te antecede y te rubrica.
Y el amor dice ella ama. Y a ella la amo.
Eso dice el amor.
Entonces los libros saturarán tu vida
de alegría y de dolor.
Porque esto no hay modo de cambiarlo.
Y cuando te acerques a la cama
a conciliar el sueño bendito,
cuando desdobles las sábanas
y ansíes, por fin,
reposar la jornada,
advertirás un gran bulto que ocupa lo suyo.
Son los libros,
que están ahí porque desean
acompañarte
en tus sueños.
Porque son, los libros, como lo eres
tú: ansiosa de ser amada,
ansiosa de sentir sobre la piel aquellos
dedos abrumados por el deseo;
pero en la misma medida
porque los libros son como tú:
seres a quienes torna ardientes
el simple deseo de tener un
interlocutor.
Alguien que los lea y que les haga
preguntas.
Que platique con ellos.
Que les prometa llevárselos hasta
la tumba.
Alguien que dé la vida por ellos.
Alguien como tú.
Que ame.
Que ame porque el amor es también
abrir el libro
tal como se abre el corazón.
Cuando se ama.
Pero también te prometo otra cosa:
llenar tu casa de música — otro día hablamos de eso.

óyeme, oigo
mírame, miro
huéleme, pfff
saborea el pastel, riquísimo
tócame, estás frío
¿dónde estás?, aquí.
| El nombre del cuadro ni idea, pero es del pintor de imperfecciones Lucien Freud. |
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