el rostro desértico se iluminó;
la boca musitó llaves y nombres.
el cerillo murió en el hálito.
el cuerpo ocupó las sombras.
los poemas negociaron el sol:
las manos editaron, exactas,
dos títulos cortos, pies raíces.
vuelto el aliento por un instante:
"vendrá, sin prisas, llegará",
anheló, sediento, mientras
inhalaba su talismán, tótem.
en el pico de la libación
de versos y flores ceremoniales
se colaron cien fantasmas;
murieron de nuevo, tristes, pobres.
cayó el rayo en la coronilla.
la sonrisa de tormenta,
poderosa, se hizo presencia:
quedó el tiempo espantado.
el mantra invocador detenido,
y sus caballos de viento
desbocados aplastaban,
de nuevo, todo, a galope pleno



