I
en el centro de operaciones
de la sordidez faraónica y familiar,
una señora vende comida en platitos de plástico,
en bolsas verdes y rojas,
con cucharillas de torta
y ají colorado.
los discípulos se atoran
porque otra clase anodina está por comenzar
y no se puede faltar.
en el aula, los patriarcas de oficina
dan clases de leyes como sermones,
salivando en tres idiomas,
batiendo los brazos
en sus trajes de corte inglés
o rompevientos de onegé
manchados con jugos sensuales.
aplaudimos, sudorosos, los ciento cincuenta
en un aula para cincuenta.
en otro auditorio a media luz,
entre manoseos, bostezos y ojos rojos extraviados,
una homilía sobre la sostenibilidad
expone, sin querer, el día a día de nuestra casa,
donde, antes que el saber, conviven con nosotros
—los usuarios de las listas regulares—,
los cadáveres de buenos deseos,
los cuchillos envenenados
y las planillas supernumerarias
de amantes y sobrinos de amantes.
en la escalinata
del prostíbulo con forma de pirámide,
las momias de segundo orden,
con sus macanas de arena,
también de segunda,
reciben el cariño de las masas
y sus ofrendas del turno matinal.
en la cima de cristal,
donde residen desde siempre los dueños
de la empresa, con sus ojos agudos,
se apilan los cuerpos sacrificados,
y la humareda sella el cónclave de esbirros
que concilian la unidad de una hermandad
a la que no pertenecemos,
pero que siempre nos toma fotos sonriendo.
afuera, en el jardín,
cuerpos comidos se comen a besos,
sin que les importe volver otro año más.
y entre las copas de los árboles y los libros,
con nuestros ojos miopes,
y nuestras manos de inocentes
reafirmamos nuestros deseos
de una vida dolorosa, pero llena de sonrisas,
donde nos inclinamos para pisar mejor las sonrisas
o vomitamos el evangelio
y la moral de quienes dicen que nos ayudan.


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