un hombre solo,
sentado en una banca barroca
de plaza moderna, ascética
—de esas incómodas que sirven
para tomar el sol, bañarse de viento
y pensar—,
piensa que ella es una piedra preciosa
de las que brillan en estantes aterciopelados,
inasible
un estruendo,
como una torre de piedra que se desploma,
rompe el piso:
las palomas se levantan todas a la vez
y no vuelven a bajar;
el agua de la fuente se escurre
en hilos lentos hacia arriba;
la luz se dobla sobre algo
que no se ve:
una nave de bóveda de aire
y columnas de nada,
más alta que la iglesia de la esquina
se abre una puerta en el vacío
y en el umbral, suspendida,
una sonrisa asimétrica,
envuelta en membranas dolorosas,
da un paso en el aire:
eres tú
me envuelves también
y me dices que te hice falta
detrás tuyo
las plataformas flotantes se ordenan como escalones;
un zumbido grave trepa por mis huesos
y me desprendo del cuerpo
como de un abrigo mojado
miro atrás y abandono el tiempo,
la plaza, la banca y mi nombre:
como Fowler,
ya no quiero ser hombre
al despertar
tengo las tablas talladas en la espalda
y en la cara un frío
que no es de esta plaza
un policía me dice que me vaya
buscaré una banca más cómoda,
cambiaré de plaza

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