van todos en su menester sonámbulo.
ella me quiere cerca,
en las aceras de cemento, húmedas y secas,
y de vez en vez toma mi mano cuando me desvío.
o sigo una trampa aromática,
me empuja por la senda de tierra, flores y topos.
huelo su pelo, las comisuras de su piel, su cuello:
agua y jabón combinados con sudor nuevo.
tiembla un poco.
no dice que tiene frío,
pero le doy mi chaqueta destartalada,
la que combina mis aromas con los de su gato.
ella se ríe y dice que huele rico,
que parezco un espantapájaros galante
de novela victoriana.
mientras el sol se va.
si toca parar, cierra los ojos;
no hay mapa, solo nuestras piernas.
me abraza y besa.
yo no quiero que el camino se termine.
la que vende frutas tiene las manos rajadas
de pelar tanto sol. regatea con ella
y las dos ríen como si el mundo no pesara.
cargamos las bolsas. ella paga.
miro las monedas que quedan
y pienso en los que no pueden comprar nada.
me pongo un poco triste;
ella me toca el rostro con una media sonrisa
en los ojos.
compradores que saltan ofreciendo cebollas y papas,
y corremos, y cargamos
acrobáticamente las bolsas.
lejos, cansados,
hay un señor que cuenta sus monedas tres veces.
ella juega con mis manos. yo miro al hombre.
pienso que la ternura también es esto:
estar de pie, esperar, no tener suficiente,
y aun así tomar la mano de alguien.
aunque esté cansada, ella me regala su sonrisa.
no sé si es porque me quiere
o porque aprendió a sonreír
para que el mundo no la aplaste.
