jirones blanquinegros
se adueñaron del martes desde medio día,
una brisa gélida se apoderó de Odiseo
sin abrir la puerta.
preguntó si estaba lloviendo.
a cántaros, dije.
pero al dirigirnos al puerto,
la pugna del cielo y la luz contra los buques grises
discurría entre ráfagas de hojas y flores
arrancadas a los árboles,
y claros tibios entre el muelle y nuestra nave.
discurría entre ráfagas de hojas y flores
arrancadas a los árboles,
y claros tibios entre el muelle y nuestra nave.
cogimos mucha agua
y viandas necesarias para el viaje de la tarde.
las consumimos diligentes,
mientras ideamos otra comida para los próximos días.
nos la merecemos, dijimos,
será cuando arribe la paga por los jornales
adeudados. hay paciencia, dijimos.
son las seis, el cielo blanco atraviesa la nave,
entra y sale, nos roba el calor del cuerpo.
entra y sale, nos roba el calor del cuerpo.
la noche se desliza ahora, arrastrada
por los dardos blanquinegros del este.
por los dardos blanquinegros del este.
toca la vigía de la noche,
espero a los fantasmas domesticados de siempre.
pienso en el tema de la charla,
mientras deseo un tabaco
y una caminata larga
parloteando sobre la lírica moderna.

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